A Walt Whitman le preguntaron por las contradicciones en Hojas de hierba. Él respondió: “¿Me contradigo? Muy bien, entonces me contradigo. Soy grande, contengo multitudes”. Esto suele citarse como una defensa de la inconsistencia. En realidad, es una afirmación más radical: el yo no es una cosa única y coherente que no debería contradecirse. El yo es un conjunto: muchas voces, muchos impulsos, muchas perspectivas heredadas, y la contradicción entre ellas no es una señal de que algo esté mal. Es la señal de que algo está vivo.
Cada voz tiene su propia frecuencia. Juntas producen interferencia: constructiva y destructiva. La línea blanca de suma es el yo en cualquier momento: no una sola voz, sino el patrón de su interacción. Silencia una voz por completo y el yo cambia. Amplifícala y el yo se reorganiza alrededor de ella.
Canto de mí mismo tiene cincuenta y dos secciones y es una de las obras más expansivas de la poesía estadounidense. Whitman comienza: “Me celebro y me canto a mí mismo”. Esto suena a narcisismo. En realidad, es lo contrario: un argumento de que el yo no es una cosa privada y cerrada, sino un representante del todo, que contiene “multitudes”. Whitman no está celebrando su yo individual, sino el yo como un lugar de contradicción, multiplicidad e inclusión democrática. Contiene al esclavo y al esclavista, a la prostituta y al presidente. Los contiene a todos.
La política de la multitud
Whitman escribía en la década de 1850, mientras la sociedad estadounidense avanzaba hacia la guerra civil. Su visión democrática, que cada persona contiene a todas las demás, que los límites entre los yo son permeables, que el yo es lo suficientemente amplio como para incluir sus opuestos, era una afirmación política tanto como psicológica. Un yo que contiene multitudes no puede ser jerarquizado con facilidad. El yo que contiene multitudes, por definición, no es superior a ningún otro yo que también contiene multitudes.
¿Me contradigo? Muy bien, entonces me contradigo. Soy grande, contengo multitudes. — Walt Whitman, Canto de mí mismo
La contradicción como evidencia de vida
El yo que es completamente consistente es muy simple o muy deshonesto. Las personas reales se contradicen. Quieren cosas incompatibles. Sostienen creencias que generan fricción entre sí. Se comportan de forma distinta en contextos distintos y no siempre pueden explicar por qué. La intuición de Whitman es que esta contradicción no es un defecto del yo, sino evidencia de su riqueza. Un yo lo suficientemente amplio como para contener contradicción es más grande que un yo que se ha reducido a la consistencia.
El concepto moderno de “identidad” tiende hacia la coherencia: hablamos de una “identidad coherente” como una meta, como salud. El concepto de Whitman tiende hacia la amplitud. Un yo saludable es un yo grande, un yo capaz, un yo que puede alojar la tensión entre sus distintos componentes sin necesidad de resolverla en una sola nota. La tensión es la música.
La hierba como modelo
Cuando un niño le pregunta a Whitman qué es la hierba, él no puede responder. “Creo que es el pañuelo del Señor”, dice, y “creo que la hierba es ella misma una niña, el bebé producido por la vegetación”. La hierba es muchas cosas a la vez. Es una bandera, un jeroglífico, un diario, un sudario, una promesa. No puede reducirse a una sola definición sin perder la mayor parte de lo que es. El yo, sugiere Whitman, es lo mismo. “¿Qué crees que ha sido de los hombres jóvenes y viejos? ¿Y qué crees que ha sido de las mujeres y los niños? Están vivos y bien en alguna parte”. Todo persiste. Todo está presente. El yo es poroso.